viernes, 14 de junio de 2013

La invención de Antígona: pérdidas y duelos


La invención de Antígona:  pérdidas y duelos

Beatriz García Moreno

            He considerado oportuno para esta ocasión dedicada a la invención de cada mujer, abordar el personaje de “Antígona” de Sófocles (1978) a partir del examen de los duelos que realiza luego de cada una de las pérdidas que sufre, pues considero que mediante ellos, Antígona inventa y se reinventa a sí misma a partir de lo femenino que la constituye[1].
Quedé atrapada en Antígona a partir de las imágenes construidas por Sófocles y recreadas por Lacan (2003), en torno al cuidado del cadáver de su hermano Polineces y al solemne desfile lleno de belleza y dolor que realiza hacia su propio enterramiento, y quizás, fue ese atrapamiento y la pausa que impuso, lo que permitió que comenzaran a aparecer una tras otra, la serie de pérdidas sufridas por esta heroína, anteriores a la de su propio ser, y las maneras como ella fue reinventando su propia vida a través de sus actos.
Las pérdidas a las que me refiero fueron: la revelación de la verdad sobre el origen que llevó a la caída del padre, el suicidio de la madre, la ceguera y expulsión del padre con la consecuente pérdida del lugar que habitaba, la separación forzada del padre y su encierro en casa de Creonte, la muerte de sus hermanos y el castigo al no enterramiento de uno de ellos, y su propia muerte. Los duelos que acompañan estas pérdidas podrían sintetizarse en los papeles que asume: ser lazarrillo del padre, ser la enterradora de su hermano, ser la condenada a muerte que camina hacia su tumba, y finalmente la que se quita la vida Todos estos papeles la llevan a realizar acciones específicas, donde el amor y el deseo son los que le permiten reinventarse y constituir una subjetividad que ha perdurado a través del tiempo.
Para el abordaje de este tema, me he apoyado en el psicoanálisis pues la pérdida y el duelo en tanto inherentes a la constitución del sujeto, son temas centrales en el desarrollo de su teoría. Podría decirse que como sujetos estamos hechos de pequeñas y grandes pérdidas que requieren de duelos que permitan al deseo obstaculizado encontrar su camino, y al sujeto reinventarse. Freud en su texto “Duelo y Melancolía” (1968) examina con detenimiento, ambos afectos, el proceso de pérdida y vaciamiento y la posibilidad del encuentro de nuevos objetos sustitutos que permitan retomar el ritmo de la vida.  En  Lacan, el tema de la pérdida y sus caminos de resolución se desarrollan en diferentes momentos, podría citar como ejemplos, su “Seminario 10, La Angustia” (2004) y su escrito sobre “Los nombres del padre” (2005), en los cuales se refiere a cada uno de esos momento de caída y recomposición propios del proceso de subjetivación que se repiten y recrean a lo largo de habitar el mundo.

La importancia de Antígona en Occidente
Para entender la importancia de Antígona, vale la pena hacer una corta mención a la manera como grandes pensadores de occidente la han considerado, y para ello me apoyaré, en George Steiner, “Antígonas” (2009) quien hace un recorrido por sus teorías. Este autor deja claro que durante los siglos XVIII y XIX cuando los valores sostenidos por la Iglesia y la Monarquía fueron cuestionados, y se hizo necesario comprender la naturaleza de las instituciones sociales y sus relaciones con la familia y el individuo, Antígona se convirtió en referencia obligada. Hegel, por ejemplo, le dedicó una significativa reflexión en diferentes partes de su obra, y señaló los desencuentros casi irreconciliables, entre familia, religión y Estado. Su dialéctica basada en la  contradicción entre tesis y antítesis y en el encuentro de una solución, lo llevó a plantear la muerte de Antígona como salida a la contradicción entre Estado y familia. Goethe por su parte, también se detuvo en esta tragedia, pero su pregunta se orientó a los sentimientos de Antígona por su hermano; Shelling a quien también le interesó la obra, la consideró un importante texto de referencia; mientras que Kierkegard la examinó como un importante ejemplo del sujeto de la modernidad que mostraba su autonomía; y Hörderlin al traducirla, la reinventó sin esconder los afectos que le inspiraba.

De otro lado, Freud, un hombre que inició su obra a finales del siglo XIX, dejó a Antígona de lado y se ocupó de su padre Edipo, pues fue en la tragedia de Edipo Rey, donde encontró un camino para establecer el complejo familiar que venía observando en sus pacientes. Lacan por su parte, si bien indagó en Edipo, regresó a Antígona, en su “Seminario 7, La ética” (2003), y lo hizo para examinar a través de ella, no sólo la belleza y lo que cubren sus velos, sino también la ética del psicoanálisis, animada por el deseo que sostiene la propia subjetividad. En esa ocasión, habló del brillo de Antígona cuando desfilaba hacia su muerte, como manifestación de lo bello que se impone como efecto del despojo de los bienes que se han poseído y han dado identidad, y de la presencia de un deseo que califica de absoluto, y la sostiene en los actos que realiza. También hizo alusión a la puesta en escena de la tragedia, al teatro griego a cielo abierto, al coro dando cuenta del sentir de lo que acontecía, de la pasión y del temor que se concentraban en la figura de Antígona caminando hacia su muerte. Su descripción muestra la anamorfosis[2] que allí está presente, que atrapa, que subyuga y atrae, que da cuenta de lo bello como velo de lo indecible; de la convergencia del dolor causado por el destino y maldición del linaje al que ella pertenece, y la fuerza del deseo que la envuelve en su propia invención. Ese dolor se presenta en la pasión que se desprende de sus palabras, de su cuerpo y sus movimientos, narrados por Sófocles, recreados por el coro y reinventados por cada observador, por cada lector.

Las pérdidas y duelos de Antígona:
            Luego de esta corta referencia a algunos autores que la han considerado en sus teorías, abordaré el tema propuesto mediante la narración de algunos datos de su historia que dan cuenta de sus pérdidas y señalaré en ese recorrido, algunos de los aspectos que considero configuran el duelo que la reinventa en cada episodio. Los datos relacionados han sido tomados de dos tragedias de Sófocles (1978), “Edipo en Colona” donde Antígona es acompañante de su padre , y  “Antígona”, donde es la protagonista.

 La caída del engaño,  la muerte de la madre, la ceguera del padre
            Antígona era  hija del Rey Edipo de Tebas y de Yocasta, la antigua mujer de Layo, pero Yocasta y Layo eran los padres de Edipo.  Cuando Edipo hizo su familia con Yocasta desconocía su origen; él ocupó el lugar de Layo porque pudo descifrar el enigma de la Esfinge, y con esa acción, de la cual obtuvo como recompensa ser el Rey de Tebas y casarse con la Reina, liberó a la ciudad de una serie de males[3]. De su unión con Yocasta, la reina, tuvo cuatro hijos, Eteocles y Polineces, ambos herederos al trono, e Ismena y Antígona que como mujeres no podían serlo. La paz de la ciudad no fue duradera y de nuevo los males se apoderaron de la ciudad y como camino para solucionarlos, y recuperar el orden, se decidió buscar al asesino de Layo a quien se le acusaba de lo que pasaba, y darle el castigo merecido. Fue en medio de esa búsqueda que Edipo descubrió, que era el hijo de Layo y Yocasta, y por lo tanto asesino de su padre. Con este descubrimiento, “la venda cayó de sus ojos” (Lacan, 2004), comprendió la verdad, y el saber se convirtió en motivo de dolor.  Entre tanto, Yocasta, su esposa y madre, que ya había comprendido la dimensión de lo ocurrido, no resistió la verdad y decidió ahorcarse en su cuarto.
Para Edipo el conocer que había cometido el crimen del incesto, implicó la caída de un saber-verdad, y de la identidad que le había otorgado un lugar.  Por su parte Antígona y sus hermanos se descubrieron como hijos de ese crimen, de un acto que los condenaba para siempre, pues su ley no se ajustaba a la de la ciudad. La posición que los sostenía y daba identidad había caído. Eteocles y Polineces, herederos del padre se aliaron a Creonte y lo expulsaron de la ciudad, Antígona comprendió su despojamiento, el linaje se había hecho pedazos, la madre había muerto y el padre ciego, lo único que le quedaba, y expulsado de la ciudad, había perdió su lugar.

Antígona se inventa como lazarillo del padre.
            Edipo encontró a Yocasta muerta y decidió chuzarse los ojos con el cinturón que a ella le había servido para el suicidio. Su crimen lo pagó con un autocastigo, con una automutilación que lo condenó a la ceguera física, luego de que la venda de su vida engañosa, había caído. Cuando sus hijos varones conocieron la verdad, lo humillaron y con el apoyo de Creonte hermano de Yocasta, lo condenaron al destierro de Tebas, de su ciudad y así dieron cumplimiento a uno de los mayores castigos de la Grecia Clásica, ser expulsado de la ciudad.  La pérdida de su lugar condenó a Edipo a la errancia, pero no lo hizo solo ya que Antígona se ofreció para acompañarlo y servirle de lazarillo en su peregrinaje.  En “Edipo en Colona”, Sófocles señala la manera como el padre, Edipo, se apoyó en ella, la hija, que era lo único que le quedaba. Con este acto, Antígona encontró una posibilidad de ser, ante el derrumbamiento del reino de los suyos. El padre desvalido, ciego sin reino, era lo único que le quedaba, y su decisión de irse con él puso de presente la necesidad de su amor, de estar a su lado para poder existir en lo que la constituía y daba consistencia. Con su acción se separa de las leyes tiranas de Creonte, y pone de presente que en ella habitaba algo más, suplementario, que no se ajustaba a su mandato.
             Antígona se reinventó al asumirse como lazarillo de su padre. En lugar de abandonarlo como sus hermanos, comprendió que su destino era acompañarlo y cuidarlo en la inhabilidad de su cuerpo. Al hacerlo anticipaba su condena y daba cuenta de lo que diría más tarde, de que estaba hecha de amor y que necesita de ese amor. Antígona cuidó de su padre Edipo, le sirvió de apoyo y de orientación en la oscuridad que conlleva la pérdida; le prestó sus ojos, y con ello se convirtió en acompañante e inventó su propio duelo. Más allá del linaje que la unía a su padre, Antígona actuó impulsada por sus afectos, pero sobre todo por la necesidad de dar consistencia a su ser que se resquebrajaba con las pérdidas sufridas. Al igual que su padre, se sentía sin lugar, sin plaza, sin ciudad, sin un campo simbólico en el cual pudiera reconocerse; él era su única referencia y ese peregrinaje al lado de quien le había dado la vida y transmitido un linaje, era su posibilidad de ser. Sobre los escombros de su familia, ella reconoce lo suyo y lo defiende, se reinventa al cuidar a su padre y dar cuenta del amor que a él la une, más allá de las leyes de la ciudad de Creonte.

La separación del padre y el encierro en casa de Creonte
            Al llegar cerca de Atenas, donde reinaba Teseo, Ismena se unió a Edipo y a Antígona. Creonte quien era en ese momento el nuevo Rey de Tebas, los encontró y obligó a Antígona y a su hermana Ismena a irse de nuevo a Tebas. De forma tiránica las arrancó del lado de Edipo e impidió que Teseo cumpliera el deseo de Edipo, de cuidarlas después de su muerte.
            Antígona ya no pudo cuidar más a su padre y obtener la consistencia y el goce que su cercanía le producía. Perdió el lugar privilegiado de ser su acompañante, y como lo dice la tragedia, con su reclusión en la casa de Creonte, quedó muerta en vida, pues quedó sometida a ser dependiente de sus leyes, y la prometida de su hijo Hemón, quien como esposo y a usanza de la época, debería  responder por ella.  Sin embargo, el vacío por la pérdida de su mundo simbólico la reafirmó en su linaje, rechazó las leyes de Creonte que no eran sus leyes.  Todo lo que sostenía su conexión con el mundo simbólico en que se había constituido, el de la ciudad, el de sus padres y hermanos, ya no existía, y en su entorno no encontraba nada para sustituir sus pérdidas; estaba muerta en vida y lo único que parecía sostenerla era su propio deseo que la sublevaba contra Creonte.

La muerte de los hermanos y la ley que prohibía el entierro de Polineces
            Por su parte los dos hermanos Eteocles y Polineces habían decidido turnarse el mandato de Tebas, pero al cumplirse el año, el primero de ellos no asumió su compromiso y Polineces, el segundo, decidió irse de la ciudad y buscar ayuda para prenderle fuego y rescatar el poder perdido. Vale aclarar, que Creonte, hermano de Yocasta, quien había detentado el poder cuando los hijos de Layo no habían podido hacerlo, era aliado de Eteocles.  Polineces cumplió con lo prometido, regresó y le prendió fuego a la ciudad.  En medio de la batalla que se desató, se encontró frente a frente con su hermano Eteocles, luchó con él cuerpo a cuerpo, y ambos murieron.  Con la derrota de Polineces, Creonte se reafirmó en su poder y decidió imponer un castigo a Polineces a pesar de que ya había muerto, mientras que exaltaba el comportamiento de Eteocles. Creonte decidió que el cadáver de éste, fuera tratado de acuerdo con los rituales propios del enterramiento, mientras que el de Polineces debería permanecer sin enterramiento, expuesto a la descomposición y a ser devorado por lo buitres. Este mandato debía ejecutarse como castigo y escarnio para todos los habitantes de Tebas.

Antígona enterradora
Antígona que al igual que su hermana Ismena, estaba bajo la custodia de Creonte, se llenó de dolor ante la decisión del tirano, pues había sido testigo de la lucha fracticida y no aceptaba por ningún motivo, ese castigo que atentaba contra lo más sagrado de su tradición, contra lo poco que le quedaba, y decidió, más allá de cualquier ley de la ciudad, de cualquier destino que se le tuviera preparado, bien como mujer o como habitante de Tebas, enterrar a su hermano Polineces, por quien sentía un afecto por encima de cualquier otro. Como ella misma lo dice en la tragedia, era su hermano amado, el último que quedaba de los suyos, era irremplazable, tenían el mismo padre y la misma madre, y ya no había ninguna posibilidad de sustituirlo. Fue así como en medio de la noche, la vó su cuerpo con aceites, lo cubrió con polvos y le ofició los rituales de enterramiento.
Como se dijo, Antígona era la cuarta hija de Edipo y Yocasta; tenía dos hermanos varones y una hermana.  Con su hermana parecía haber tenido alguna complicidad pues en algún momento, le comentó sobre su intención de enterrar a su hermano Polineces, pero ante su temor y su duda, decidió dejarla de lado y seguir firme con su decisión.  Con su acción, Antígona dio muestra de una especial inclinación hacia el hermano muerto y castigado. Su afán por cuidar su cuerpo y no dejarlo expuesto para ser comido por las aves de rapiña, dió cuenta de su amor e identificación con ese ser del cual ya no quedaba sino un cadáver al que se aferraba; un resto que parecía ser el suyo propio. El cuidado puesto en el cuerpo muerto de su hermano, le daba un último aliento a esa vida que se vaciaba irremediablemente. El cuerpo-cadáver del hermano debía retornar a la tierra con los cuidados del enterramiento, debería volver a su lugar de origen donde estaban los suyos. Al igual que cuidó del padre ciego, ahora Antígona cuidaba de su hermano muerto y de esa manera su ser adquiría consistencia, aunque sabía que su acto sería el motivo de su condena.

Antígona la condenada a muerte
Cuando Antígona cumplía con el ritual del enterramiento fue descubierta por los guardas encargados de cuidar el cadáver, que la apresaron y la llevaron ante Creonte quien sin compasión alguna, la condenó a muerte, a morir lapidada. Mientras ocurría su despedida y recorrido a la tumba, llegó  Hemón el hijo de Creonte que era su prometido, y le pidió al tirano que se compadeciera del destino de su prometida, pero éste no aceptó sus ruegos y siguió firme en su decisión, aduciendo que Antígona había violado las leyes de la ciudad. En ese momento apareció el sabio-ciego-adivino Tiresias y advirtió a Creonte que se estaba metiendo en una zona que no le correspondía, que se sobrepasaba en el poder, y que su actitud traería males diversos a Tebas. A todo esto, Antígona entró en la tumba y decidió ella misma, ahorcarse. Hemón no soportó el dolor de encontrarla  muerta y decidió el mismo darse muerte, al igual que lo hizo la esposa de Creonte que tampoco aguantó la situación. Al darse cuenta de lo ocurrido, Creonte entró en desesperación, se derrumbo y quiso echarse atrás pero ya no fue posible.
            Antígona estaba presa de su deseo y actúo en el límite entre la vida y la muerte, o entre dos muertes como dice Lacan (2003).  Ella atendió  a una ley que no era la de la sociedad, su saber pasaba por su cuerpo marcado por un linaje, condenado por el crimen cometido. Ella se reconoció en su amor y lealtad al padre, en el amor por su hermano, y como éste lo había hecho, ella también se sublevó contra las leyes de Creonte que traspasaban las de Tebas, para poder alcanzar la morada de sus padres que tenían otras leyes diferentes. Consideraba el enterramiento como una acción que iba más allá de las leyes sociales y las trascendía. Con el acto fúnebre que propicia al hermano y con su enfrentamiento a Creonte definió su castigo y la terminación de su vida que sin un cauce para su deseo, ya no podía sostenerse.
            Para cerrar este peregrinaje por las pérdidas sucesivas de Antígona, y sus formas de duelo, se puede decir que su figura pone de presente esas relaciones primordiales hechas de amor, pérdida y dolor que son constitutivas del sujeto, de su soledad y de su deseo, y que requieren ser acogidas de alguna manera, en lo social, para que esa vida pueda reinventarse y sostenerse.

Bibliografïa:
Freud, S. (1968). “La aflicción y la melancolía” en Obras Completas, Tomo I, págs. 1075-1082. Madrid: Biblioteca Nueva.
Lacan, J. (2003). Seminario 7 La Ética, 1959-1960. Buenos Aires: Paidós.
Lacan, J. ( 2004). Seminario 10, La Angustia, 1962-1963. Buenos Aires: Paidós.
Lacan, J. ( 2005). Los nombres del padre, 1964. Buenos Aires: Paidós.
Sófocles ( 1978 ). Antígona en Teatro Griego, págs. 283-308. Madrid: Aguilar.
Sófocles (1978). Edipo Rey en Teatro Griego, págs. 312-342. Madrid: Aguilar.
Sófocles (1978). Edipo en Colona en Teatro Griego, págs 409-446. Madrid: Aguilar
Steiner, G. (2009). Antígonas. Barcelona: Gedisa.


[1]. Un primer abordaje de la tragedia de Antígona lo hice en el artículo, La ciudad de los deseos (2003), donde señalé la importancia del enterramiento de los muertos para que el deseo encontrara cauce. Posteriormente, una invitación formulada por la Maestría de Artes Plásticas y Visuales  (2009) de la Universidad Nacional, en una serie de conferencias sobre el fantasma, la imagen y el duelo, me llevó a formalizar parte de esa investigación en un escrito que titulé con el nombre, Antígona:  enterramiento y duelo, y que ahora retomo de nuevo. El tema lo he trabajado en diferentes carteles de la Nueva Escuela Lacaniana de Bogotá.
[2] La anamorfosis es una técnica renacentista que permite mediante el manejo de la perspectiva una deformación de la imagen con el propósito de transmitir ideas diferentes a las representadas. Lacan en el Seminario 7, La ética (2003), dedica un capítulo al tema.
[3]. La Esfinge preguntaba que quién era aquel que anda primero en cuatro patas, luego en dos y luego en tres, y Edipo no dudó en decir que era el ser humano en su primera infancia, luego en su crecimiento y adultez, y finalmente, en la ancianidad. Este hecho ocurrió después de que había descubierto que no era hijo de los reyes de Corinto donde había crecido.  Cuentan que su padre Layo, en el momento de su nacimiento, y teniendo el conocimiento de que su hijo iba a darle muerte, decidió junto con su mujer Yocasta, deshacerse del niño, y fue así como luego de traspasarle los tobillos con una cuerda, lo entregaron a uno de sus súbditos para que se lo llevara y le diera muerte.  Esta orden no fue cumplida pues el hombre encargado de ejecutarla, se apiadó de la criatura y la entregó a un campesino que de inmediato la regaló a los reyes de Corintio que no podían tener hijos. Cuando Edipo se convirtió en joven supo que era adoptado y decidió irse en busca de su origen, pero  en el camino de huida de la casa de Corinto, tropezó con el Rey Layo quien iba para Delfos a consultar al oráculo sobre los males que aquejaban a Tebas, su ciudad. En el encuentro, al querer pasar al mismo tiempo por un paso estrecho, sus carruajes se rozaron, y sus ocupantes entraron  en una batalla en la cual Edipo dió muerte a Layo y a su cochero, mientras que un tercero se fugaba. Luego de estos hechos, Edipo llegó a Tebas donde los ancianos le pidieron, como joven que era, que tratara de descifrar el enigma de la Esfinge.
.

Beatriz García Moreno: LA CIUDAD DE LOS DESEOS

Beatriz García Moreno: LA CIUDAD DE LOS DESEOS: -->   LA CIUDAD DE LOS DESEOS Beatriz García Moreno Profesora, Facultad de Artes, Universidad Nacional La Modernidad...

miércoles, 12 de junio de 2013

De ciudades, paisajes y goces. El caso de Bogotá


“De ciudades, paisajes y goces
el caso de Bogotá
`
Beatriz García Moreno
2010
 

            En el momento actual cuando los procesos de urbanización se han extendido a todo el planeta, la ciudad se ha convertido en paisaje fundamental que se contempla en las imágenes que ofrece, y se transforma en tanto la habitamos y hacemos propia.  En la ponencia que presento, “De ciudades, paisajes y goces” [1] propongo un acercamiento a la ciudad actual, la de cada uno, mediante una mirada que permita captar su particularidad no sólo en sus características físicas, sino a través de sus gentes con sus prácticas y nombres dados al goce que los habita.  Para ello planteo abordar la ciudad a la manera de un paisaje en el que se detiene la mirada y se espera atento a que se abra e inicie una interacción que convoque la participación de los elementos que la componen:  naturaleza, obras y habitantes; y también del sujeto que propone la experiencia.  Con esa detención busco que cada uno de los convocados, considerado como un significante, esto es como síntesis de imágenes, cuerpo y lenguaje, pueda expandirse y dar cuenta de las diversas temporalidades que en él confluyen y de las lógicas particulares que lo constituyen, de tal modo que sea posible reconocer las maneras de afectarse entre unos y otros, las tensiones que no han logrado resolverse y las fusiones que sugieren la existencia de acuerdos. Con ello espero poder dar cuenta del objeto privilegiado ciudad, en su complejidad y en la dimensión poética que encierra.[i]

El abordaje lo realizaré en dos tiempos.  En el primero, me detendré en las cualidades físicas de la ciudad que propongo, a través de una descripción que empiece a bordearlas, a diferenciarlas y a abrir senderos que permitan pensar en su forma de yacer sobre la tierra e interactuar con la geografía; en las geometrías de sus trazados y en los motivos que les dieron origen; en el sentido de su plaza fundacional; en el recorrido que proponen sus calles, y en el mensaje que se desprende de sus edificios institucionales y de la esfera privada de sus viviendas.  Intentaré, a través de esos recorridos y detenciones, distinguir el orden que las sostiene, las creencias y sueños que les dieron existencia, como también evidenciar aquello que perturba, lo que no se resiste a ser transformado y señala fisuras y vacíos imposibles de llenar.  En el segundo tiempo, me detendré en algunos de los habitantes que transitan en medio de la multitud de sus calles y son inseparables de la particularización de su paisaje. Para su identificación me apoyaré en la literatura que ha logrado caracterizarlos, nominarlos y universalizarlos y en algunas nombres dados desde lo social.  En el abordaje que propongo me detendré en sus gestos, prácticas y goces y en la manera de involucrar en ellos a quien los mira.

Primer tiempo:
De geografías, arquitecturas, símbolos y sueños

Invito a cada uno a detenerse en la imagen de su ciudad, la que cada uno ha apropiado, y a dejarse envolver en sus geografías, bien sean éstas de montaña, de llanura, de río, de costa; a distinguir en esa imagen las geometrías que dan cuenta de sus diferentes temporalidades, las cuales, a la vez que la presentan como un paisaje construido a lo largo del tiempo, permiten verla como un espacio hecho de fragmentos diversos que a veces encuentran continuidad, o simplemente, se yuxtaponen o superponen, a la manera de estratificaciones de diferente escritura y consistencia cuyas causas pueden llegar a ser indiscernibles.  Para ilustrar mi acercamiento me apoyaré principalmente en la imagen de Bogotá, ciudad en la que vivo y que presento como ejemplo, y con ello quisiera inducirlos como ya lo propuse, a mirar la de cada uno.  Planteo inicialmente, distinguir en ella aquellos elementos que le confieren una particularidad, una cierta configuración que la ha sostenido y sostiene en el tiempo a pesar de las diferentes transformaciones ocurridas,  a partir de detenerme en algunas características de su geografía y de su centro histórico.[ii]

En la detención en la imagen de Bogotá distingo la presencia de los cerros orientales que se impone como un claro límite de la ciudad.  Ellos poseen una fuerte inclinación que detiene su crecimiento, y a la vez se ofrecen como un mirador para aprehenderla en su extensión.  Estos cerros a través de la historia de la ciudad, han tenido diferentes significaciones.   En época de los primeros habitantes, los cerros fueron considerados como lugar sagrado, pues eran el lugar por donde salía el sol y nacía el agua; ambos considerados como divinidades por los antepasados.  (Con esta detención evoco a Machupichu, a Teotihuacan y a un sin número de ciudades latinoamericanas cuyas huellas aún están presentes).  En la época de la Colonia, los cerros sirvieron para recostar a ellos la ciudad apenas fundada, como lo recomendaban las Leyes de Indias (S.XVII), y también para localizar en ellos algunos templos católicos, como sucedió con los santuarios de Monserrate y Guadalupe que desde el siglo XVIII, los marcaron con su presencia.  Estos santuarios han tenido como propósito dedicar la ciudad a alguna divinidad protectora, como ha sucedido de manera constante a lo largo de la historia, en diferentes ciudades del mundo.  En la actualidad, cuando parecería que ya los dioses han abandonado la tierra, los habitantes de Bogotá y otros que la visitan, continúan considerándolos como lugar de peregrinación, como sus cerros tutelares. En muchas ciudades latinoamericanas continua la práctica de honrar a los dioses y es común encontrar diversos lugares de peregrinación o señalados por la presencia de alguno de ellos.

Los cerros pueden apreciarse desde la amplia sabana sobre la cual se extiende la ciudad.  En la actualidad, ellos son referencia importante para sus habitantes, un escenario contundente que da claro límite a sus movimientos; que a la vez que los orienta en las direcciones norte - sur, oriente - occidente, les revela los fenómenos del cielo, pues en ellos se recogen la luz y la oscuridad, la humedad y la aridez, y se revela con toda su fuerza, el ciclo del tiempo, en el ritmo sucesivo de mañana, mediodía, atardecer y noche.  A través de los cerros, el cielo con toda su variabilidad se hace presente:  en los días de tormenta se cargan de aguas y vientos que luego se derraman en lluvias que se deslizan suave o fuertemente por sus pendientes; y en los días despejados, cuando el cielo se pinta de azul intenso, se ofrecen como guardianes amables que orientan a pesar de sus secretos.

Cada ciudad evocada en este momento, la que cada uno tiene enfrente, podría dar cuenta de aquello de su geografía que la acompaña, el mar o el río en las ciudades costeras, el valle, los desiertos, en las del interior.  Cada ciudad se asienta sobre geografías que han servido de posibilidad de cultivo, de posibilidad de defensa, de posibilidad de ensoñación y disfrute. 

Cada ciudad yace sobre la tierra de manera particular, parece que se sembrara en ella; y en esa manera de yacer da cuenta de las diferentes temporalidades que la componen.  En la imagen de Bogotá que presento, es posible distinguir su trazado fundacional y las líneas de las geometrías mediante las cuales se ha expandido en el espacio a través del tiempo; las cuales se refieren a modelos, mandatos y sueños; e igualmente evidenciar las fisuras que en ocasiones parecen amenazar su estabilidad o simplemente particularizarla.  En las ciudades latinoamericanas originadas luego de la conquista española, como es el caso de Bogotá, es posible ver la mezcla de trazados donde prima la ortogonalidad propia del momento fundacional, con otros del siglo veinte que exhiben geometrías radiales donde sobresale la diagonal, amplias dimensiones propias de supermanzanas  a la manera del movimiento moderno, o figuras que simplemente se pegan a las curvas de nivel y parecen responder tan solo a la ley de la tierra. Algunos ejes atraviesan grandes sectores e imponen movilidades y velocidades que superan las de la escala humana.

El centro histórico de Bogotá se localiza en el pie de monte de los cerros orientales y se extiende hacia la sabana. A pesar de que es un pequeño fragmento de la totalidad de la ciudad, concentra una gran carga simbólica e imaginaria que hace relación a momentos significativos de su historia.  Podría pensarse, como muchos lo creen, que en él se anida el alma de la ciudad.  Su espacialidad parte de un orden geométrico con base en el ángulo recto, a la manera del orden entre lo público y lo privado que fue consignado en las Leyes de Indias, y más lejos aún, previsto por Hipodamos de Mileto cuando proponía para su ciudad natal, un orden basado en este ángulo que consideraba expresión máxima de la razón, y por lo mismo, un instrumento que podría garantizar la armonía de la ciudad.[iii]  En el caso de Bogotá, como en el de muchas otras ciudades de América Latina, ese orden fue interrumpido por la presencia de elementos de la geografía, cerros, ríos y quebradas, que hicieron que la cuadrícula encontrara un límite, que el modelo tuviera que ajustarse a lo inamovible[iv].  En la actualidad la traza ortogonal recostada en los cerros no encuentra una continuidad en los asentamientos recientes que se han generados de manera espontánea sobre el pie de monte sin más ley que la tierra misma, como si estuvieran abandonados a su propia suerte.

En el centro histórico como en el resto de la ciudad, en los días de lluvia otras trazas aparecen, y se imponen sobre cualquier orden.  Son las trazas del agua que corren abruptamente a través de los planos inclinados de los cerros, y que al llegar al plano horizontal de la sabana se expanden por donde pueden, sobrepasando, muchas veces, los cauces construidos para cuidar de ese orden.  Cuando estas trazas se descubren, un lejano dolor se expande y un desasosiego por lo desaparecido y ante lo imposible, aparece.

En la traza ortogonal fundacional, la ciudad tiene su centro histórico, el cual se desarrolla  a partir de la Plaza Mayor que la jerarquiza y dota de un corazón.  Ella contiene las instituciones del nivel nacional y de la ciudad, de las cuales emanan las leyes para la conducta de los ciudadanos.  Cada uno de los edificios que la conforman, como su misma traza, hablan de acuerdos logrados a través de su historia, o de valores impuestos institucionalizados y consignados en  el Capitolio, la Alcaldía de la ciudad, la Catedral, el Palacio de Justicia.  La Plaza descubre una ciudad de monumentos que simbolizan normativas sociales, cuyo ejercicio, a través del tiempo, ha ido delineando una identidad, definiendo una ética social, un hacer político, un comportamiento religioso.  Las jerarquías y significados se expresan en los materiales, líneas compositivas y ornamentales de estas construcciones.  Más allá de esa escenografía que de manera permanente hace alusión a una historia particular, es posible que quien experimente la Plaza en las horas de la noche, cuando todos se han ido y el movimiento que acompaña al día así como la luz que lo caracteriza han cesado, sienta que ésta, la Plaza, pierde su clara significación, y se torna siniestra, debido al regreso, en complicidad con la oscuridad, de imágenes de su pasado que han estado represadas durante el día.  Las antiguas culturas que habitaron el lugar se revelan a través de huellas que parecían acalladas; las viejas batallas, los allí sacrificados y que aún buscan sepultura, a la manera de fantasmas, parecería que quisieran salir de sus escondites, y que en medio de una danza macabra trataran de instalarse y ocupar todo el espacio, como queriendo impedir el olvido.

Deambular por las calles de trazado ortogonal de ese centro histórico, implica no solo vivir el presente sino también descubrir ritmos que responden a la colonia, a ese momento donde lo privado se encerraba detrás de muros de tapia blanca y ventanas de madera.  A través de las puertas que aún permanecen, se pueden percibir los zaguanes que introducen una pausa penumbrosa entre el afuera y el adentro, los cielos atrapados en los patios, los micro-mundos creados por las diferentes generaciones que han recorrido y reposado en sus corredores, los olores que se desprenden de los jardines bien mantenidos y de los huertos del fondo.  En su disposición interior, muchas de ellas conservan aún esos espacios que traen al presente, el movimiento de quienes las concibieron, y hacen alusión a sus aspiraciones y creencias.  En la actualidad, muchas de esas viejas casonas presentan cierto grado de abandono y de humedad que las envuelve en atmósferas de largos silencios, que traen espectros que hablan de viejos dolores, de heridas nunca sanadas.

En muchas de las calles del centro histórico de Bogotá, puede verse la introducción de un ritmo mucho más marcado, que se sobrepone al casi casual que aparecía en las construcciones coloniales.  Esto corresponde a la época de la llamada arquitectura republicana, cuando las ventanas se convirtieron en puerta-balcón sobre la calle y se repitieron una tras otra como queriendo responder a un compás constante.  En los accesos de muchas de las casas, se construyeron columnas y ornamentos que los monumentalizaron y dieron cuenta, en el ámbito de lo público, mediante ornamentos diversos sostenidos por imaginarios de diferente tipo, de la jerarquía de sus residentes, de sus procedencias, sueños y apetencias.

La cadena conformada por la sucesión de edificaciones a veces se interrumpe de súbito, denotando un faltante, como un eslabón perdido a través del cual es posible que otro llamado, diferente del claramente establecido, irrumpa.  La presencia de vacíos como ruinas se repite de vez en cuando, mientras se intercalan altos edificios que hablan de la industrialización y del progreso.  Cada uno de estos hechos evoca dolor o triunfo, pérdida y/o necesidad de cambio.  Los vacíos recuerdan incendios de mediados del siglo pasado, revueltas populares que se desataron luego del asesinato del líder político Jorge Eliécer Gaitán, en 1948; los edificios, algunos de ellos en gran altura, son construcciones posteriores, símbolos del desarrollo económico, que ha buscado llenar esos espacios, pero no ha sido posible y la memoria del dolor continua presente sin poder ser aniquilada.  Parecería que los muertos de los diferentes momentos de violencia que allí se han sucedido aún estuvieran deambulando y clamaran sepultura.[v]

El centro histórico recoge diferentes temporalidades, diferentes sentidos del orden:  La ciudad colonial, la de la industrialización, la de la violencia, la de las multitudes, la de los ritmos continuos y los discontinuos, la de las permanencias.  Los posibles acuerdos establecidos en las diferentes épocas se manifiestan en fragmentos que apenas se interceptan o yuxtaponen, dejando un espacio para un sinnúmero de normas, y para un sinnúmero de posibilidades.  Las imágenes plásticas y simbólicas se reúnen y ponen de presente imaginarios diversos, en tanto que los vacíos que dan cuenta de lo desconocido, se ofrecen como provocación constante para continuar y desentrañar un sentido que no cesa de fugarse.

Segundo tiempo:
De gentes, perturbaciones y goces
            La ciudad hace suyos a cada uno de sus habitantes, los integra a la espacialidad de su paisaje, los hace parte de él, les ofrece identificaciones que le producen agrados y desagrados, rechazos y angustias que se manifiestan en ambivalencias de diferente tipo.  Los habitantes expuestos en la ciudad en los que quiero detenerme, se refieren a algunos personajes y grupos humanos que han sido caracterizados por la literatura y por los estudios sociales. Son personajes que se han podido reconocer en medio del anonimato de las multitudes que recorren las calles de la ciudad actual, por sus gestos, sus andares y prácticas.

  Estos habitantes que hacen parte del paisaje quiero pensarlos como sujetos constituidos por sus goces, como sujetos que en cada una de las prácticas que realizan se exponen al otro para ser mirados en sus movimientos, fantaseados, deseados o ignorados.  Freud en sus escritos habla de un sujeto de deseo, que está en búsqueda permanente, y esa búsqueda le da orientación a su ‘ser y estar en el mundo’, y podríamos decir a ‘su hacer su vida’.  No es un sujeto de necesidades instintivas que se satisfacen con un objeto específico que adquiere, sino que es un sujeto de pulsiones que buscan satisfacción a toda costa, lo cual quiere decir que en cada uno de sus actos está incluido su cuerpo erotizado, sexuado; es un sujeto de lenguaje en falta, que tiene que poder integrarse a una sociedad e interactuar con ella en los campos simbólicos e imaginarios que la constituyan, y además tiene que soportar sus propias imposibilidades e impotencias. Es como diría Lacan, un sujeto de un goce que se detecta en sus acciones, gestos y movimientos y también en el nombre que lo identifica[vi].

Con las aclaraciones anteriores, propongo mirar esa ciudad antes descrita, como un paisaje habitado con personajes y grupos que han alcanzado una nominación en la cual hay referencias a los goces en los que están atrapados.  Se trata de mirar esos goces expuestos en el espacio del afuera, en el que llamamos público, el de las calles, parques y plazas; de tratar de identificar las pulsiones que los invaden y orientan, pues ellas marcan la escena donde aparecen. Al detenernos en sus cuerpos, gestos y movimientos, es posible escuchar ecos de las voces de mando que guían sus andares, rasgos de las lógicas que están en juego en la manera de nombrarse, de presentarse, de apropiarse de los espacios, de insertarse en la multitud; de poner en palabras orientaciones que gobiernan sus ausencias y presencias.

Para no acudir a la imaginación que podría llevarme a describir personajes fantásticos o poco creíbles, me apoyaré en la literatura y trataré de señalar algunos que han sido tipificados y nombrados por algunos escritores, personajes que considero que siempre han habitado la ciudad actual, desde sus inicios en la ciudad industrial del siglo XIX, caracterizada por la aparición de las multitudes y la desaparición en ellas, del sujeto. Al optar por este camino recojo la propuesta de Walter Benjamín[vii], cuando en su búsqueda por entender la ciudad del capital, volvió sobre la ciudad industrial del siglo XIX, e indagó en aquellos autores que se detuvieron en algunos personajes que parecían deshechos en medio de la gran masa humana, y pudieron identificarlos y nombrarlos, como fueron entre otros Charles Baudelaire y Edgar Allan Poe.  Estos autores lograron caracterizar algunos personajes cuyos comportamientos y prácticas urbanas dan cuenta de habitantes de la calle atrapados en su propio goce, alimentados por la multitud misma y expuestos a la mirada del poeta que tiene la capacidad de narrarlos, de convertirlos en motivo para pensar lo que en ella sucede, de atraparlos en medio de la perturbación que generan; de dar cuenta de su manera de estar, de hablar, de mirar, de moverse, esto es de sus goces en medio de la muchedumbre,.  Con las miradas de estos escritores y las nominaciones que proponen, la masa humana que circula por las calles y parece ser impenetrable y homogénea, se disuelve y descompone y aparecen sujetos que se ofrecen para ser reconocidos en sus gestos y movimientos, en su pertenencia a uno u otro grupo, en sus propios mundos.  Estos personajes aún vagan por las calles de la ciudad actual y arrastran su dolor, su lucha y su inercia, y lo hacen al lado de otros aparecidos más recientemente en diferentes ciudades, que buscan nombre y perturban con su presencia.  Me refiero a aquellos expulsados que quizás aún están impregnados del aroma del campo de donde provienen, y que en su condición de desplazados derivan por la ciudad sin orientación alguna, con el peligro de convertirse en indigentes, desaparecidos o en N.N., aún con vida, o muertos sin sepultura.

Antes de detenerme en algunos de esos personajes que vagan por nuestra calles quisiera traer a Jacques Prevert, el poeta francés, cuando deteniéndose en las calles de su ciudad, dice:

HE VISTO A MUCHOS…
He visto a uno que se había sentado sobre el sombrero de otro
Estaba pálido
Temblaba
Aguardaba algo… quién sabe qué…
La guerra… el fin del mundo…
No podía ni siquiera hacer un gesto
O hablar
Y el otro
el que buscaba “su” sombrero estaba más pálido aún
y también temblaba
y se repetía sin cesar:
mi sombrero… mi sombrero…
y tenía ganas de llorar.
He visto a uno que leía los diarios
he visto a uno que saludaba a la bandera
he visto a uno vestido de negro
tenía reloj
cadena de reloj
monedero
la legión de honor
y quevedos.
He visto a otro que arrastraba al hijo de la mano
y que gritaba…
He visto a uno con un perro
he visto a uno con bastón de estoque
he visto a uno que lloraba
he visto a uno que entraba en una iglesia
he visto a otro que salía de ella[viii]

De la literatura mencionada, quiero hacer referencia a algunos de los personajes que exponen su goce en la ciudad y que desde su creación siguen estando presentes:

1.  El hombre de la multitud:  Edgar Allan Poe en el escrito “El hombre de la multitud”[ix], a través de un narrador convaleciente que mira desde la ventana de un café,  da cuenta de la muchedumbre que recorre las calles del Londres del siglo diecinueve.  La examina y la presenta por grupos de acuerdo con sus movimientos, vestimentas, maneras de caminar.  Cada uno de ellos, le sugiere conexiones diferentes con el mundo y mundos diferentes.  Los que la conforman se mueven sin parar, como si estuvieran atravesados por un tiempo que les impide detenerse.  Su manera de caminar los presenta como autómatas que responden a una especie de mecanismo oculto.  Las miradas simplemente se rozan, se evitan, pues detenerse en el otro podría desatar sentimientos que no convienen, les impediría llegar a tiempo a alguna parte, desobedecer alguna orden.  Ellos parecen estar presos de algún mandato, y su caminar por la ciudad lo denota.  Parecen estar devorados por el goce de otro que no les concede la posibilidad de deseo, y los despoja de lo que los constituye, pues necesita consumirlos para su propio beneficio.

Poe reconoce un hombre que se desliza en medio de la multitud, sin dar cuenta de una orientación. El escritor describe los movimientos mecanizados de su cuerpo que parecen responder a una voz por fuera de él mismo, a algo que parece desprenderse de esa multitud en medio de la cual se mueve frenéticamente, como dice Benjamín cuando examina ese cuento[x].   “El hombre de la multitud” no puede apartarse de ella, se mueve a su ritmo, allí encuentra su alimento, la hace su cuerpo a la manera de un objeto oral que chupa, a la vez que se adhiere.  De este cuento, Benjamín resalta la automatización del hombre de la multitud, consecuencia entre otras cosas, del shock que según ellos, produce la gran ciudad. Vale recordar que tanto Poe como Baudelaire tuvieron la experiencia de una ciudad que apenas surgía, en la cual la multitud era un fenómeno nuevo que apenas se reconocía, pero que ya los arrastraba en su masificación y anonimato, y les indicaba otras lógicas de funcionamiento.

Muchos de los habitantes anónimos que recorren la ciudad actual, nuestras ciudades, exhiben movimientos similares a los que caracteriza Poe en su cuento.  Podría decirse que el hombre de la multitud es un personaje típico de la ciudad capitalista, como lo son también los grupos que describe en medio de la muchedumbre.  Su existencia pone de presente que esta ciudad gobernada por un amo impersonal que impone la producción y se sostiene en las necesidades del sistema en el cual surge, toma del sujeto su goce y lo consume en su afán de producción y reproducción.

 2.  El Flaneur y el poeta.  El flaneur es el personaje identificado por Baudelaire que se pasea por las calles, que habita en ellas, que observa, pero que a la vez, como dice Benjamín, parece no poder desprenderse de su espectáculo, estar preso de la multitud.  No puede dejar de mirar y, al mismo tiempo, siempre está expuesto para ser mirado.  Como en un juego de espejos, su imagen sólo la reconoce en esa multitud que lo alimenta y sostiene, que le fija recorridos y le da satisfacción.

Benjamín dice que Baudelaire en algún momento pensó que el flaneur era igual al poeta, pero luego dice que no es así, pues éste, el poeta, se aparta, no participa del juego.  Necesita de la soledad[xi].  Baudelaire lo dice de la siguiente manera:

Quisiera descontento de todo el mundo y descontento de mí mismo, redimirme y sentirme un poco orgulloso en el silencio y la soledad de la noche. ¡Almas de los que he querido, almas de los que he cantado, fortalecedme, sostenedme, alejad de mí la mentira y los vapores corruptores del mundo! ¡Y tú mi Señor y mi Dios! ¡Concededme la gracia de producir algunos versos hermosos para probarme a mí mismo que no soy el último de los hombres, que no soy inferior a aquellos que desprecio! [xii]

Multitud, soledad:  términos iguales y controvertibles para el poeta activo y fecundo.  Aquel que no sabe poblar la soledad no sabe tampoco estar solo en medio de una muchedumbre atareada.[xiii]

3.  El hombre de arena:  El acercamiento a la literatura como posibilidad de reconocer comportamientos del ser humano, de entender su vida, también lo realizó Freud, y en esa indagación se detuvo en el cuento ‘El hombre de arena’ de E.T.A. Hoffman, cuando en su escrito “Lo Ominoso[xiv] trata de explicar este sentimiento, y habla de cómo lo familiar tiene la posibilidad de convertirse en no familiar.  Para ello hace referencia a la relación existente entre el hombre de arena y Nathaniel, protagonista del cuento, la cual está marcada por el terror que el primero causó en el segundo, desde el momento mismo cuando en la infancia, se le amenazaba con su presencia.  El hombre de arena es un personaje de quien se desconoce su procedencia, y solamente se le ubica por su comportamiento, el cual de acuerdo con la descripción de Hoffman, se caracteriza por arrojar arena a los ojos de los niños, para luego robárselos y dárselos de comida a sus pequeños.  Su caracterización, dice Hoffmann, es usada con frecuencia por madres y nodrizas para asustar a los niños que se portan mal.

Este cuento le sirve a Freud para desarrollar su teoría sobre la angustia y lo siniestro que quiero relacionar con la experiencia de la ciudad.  De su exposición se puede deducir que el hombre de arena puede ser un personaje de la multitud que tiene la capacidad de causar terror a quien lo encuentre; o de aparecer en otros que parecen conservar algunos de sus rasgos, y de nuevo despertar en quien lo experimenta, el sentimiento de lo siniestro, pues lo caracteriza como el que mutila, el que quita un órgano, el que castra.  Este personaje amenaza con la posibilidad de suprimir el órgano de la visión, un órgano relacionado con el poder ubicar al Otro como testigo que legitime al sujeto, a su imagen, y de esta manera posibilite un camino para su deseo.  Este hecho lo hace causante de producir no sólo terror sino que debido al sentimiento que despierta, parece encarnar la posibilidad de aparecer multiplicado, a la manera de un doble, en personajes diferentes; esto es, como un fantasma que tiene la facultad de aparecer y desaparecer cuando nadie lo espera.

En tanto que la calle de la multitud ofrece una gama de personas sin rostros, vaciadas de identidad, parece darse un ambiente de fácil moldeabilidad  para asumir el rostro del fantasma de quien mira.   De esta manera lo familiar del paisaje recorrido se convierte en no familiar, y la multitud que parecía poder reconocerse desde la distancia se complejiza, pues en ella no sólo se encuentran personajes que pueden agredir y hacer daño, sino también fantasmas que tienen la posibilidad de despertar todos los temores.[xv]

La interpretación que hace Freud de este cuento, permite pensar que también los objetos mecánicos que invaden la ciudad y se exhiben en las calles y vitrinas, pueden por alguna circunstancia psíquica del sujeto, adquirir vida y ser objeto de temores y fantasías de quien se encuentra en la calle, en medio de la multitud.  Ellos son parte del paisaje y pueden llegar a invadirlo de tal manera, que sea imposible diferenciar lo orgánico de lo inanimado.  Lo inanimado como sustitución de lo orgánico es algo que se ha ido imponiendo en la sociedad capitalista, y la ciudad, desde sus inicios, llena de mercancías y de objetos mecánicos, da cuenta de ello.

Sobre otros personajes: 
            Los anteriores personajes han sido identificados en sus angustias, temores y goces por diferentes autores que han enfrentado los temas de la multitud y del sujeto en medio de ella; sin embargo, creo que es necesario que siguiendo el camino por ellos esbozado, podamos mirar otros  goces expuestos en las calles de algunas ciudades actuales y la manera como las particularizan con nuevas significaciones y sentidos.  Sitios que en una época pudieron tener una clara destinación social, empiezan a transformarse y a perder su carácter original, debido a la aparición de nuevos grupos que se amalgaman en torno a causas oscuras que los lanzan a andares sin rumbo claro, a incorporarse a una multitud que parece extenderse al infinito.  (No quiero detenerme en las posibilidades que brindan las tecnologías de la informática para el encuentro con una multitud virtual que parece ofrecer caminos infinitos para múltiples identificaciones y también para que en medio de lo que parece familiar, aparezca lo desconocido, lo que angustia, la muerte.)

Haré mención solamente a dos de los personajes de la ciudad contemporánea, que entre muchos otros, han sido nombrados de alguna manera, y merecen ser investigados con más detalle, ellos son el desplazado y el NN:

Del desplazado al indigente:  Una de las características que ha identificado a la multitud de la ciudad capitalista, basada en las leyes del mercado, es la movilidad, el cambio forzado de territorio debido generalmente, a situaciones relacionadas con la política y la economía.  En el caso de Colombia esta expulsión se ha dado acompañada de la violencia física, y a los que la han sufrido, se les denomina desplazados.  EL desplazado se caracteriza por haber sido expulsado de su lugar de origen o de algún lugar, y por encontrarse sin plaza, desprotegido, desprovisto, desamparado y a la vez vacío, despojado.  Muchos de ellos se apropian de alguna esquina de la ciudad, a la manera de un territorio, y desde allí exhiben su condición de desposeídos, acompañada de un pedido insistente y a veces agresivo, de alguna donación para suplir sus necesidades. 

La situación en la que se encuentran tiene riesgo de convertirse en permanente, y ello puede llegar a producir sentimientos de angustia en quien los observa debido a diversas razones, entre las cuales pueden mencionarse:  a) su condición de personas que han sido expulsadas de sus lugares de origen por la violencia, asociada generalmente, a imágenes de violencia y de muerte; b) su condición de personas desposeídas expuesta en medio de la calle, se asocia con abandono y con el peligro de una caída total en la indigencia, la cual puede llegar a convertirlos en una especie de deshecho humano (algunas veces los llaman  desechables).  Las condiciones de despojo en las que se encuentran hacen que no puedan tener el control debido sobre las emanaciones de su cuerpo, de tal manera que éste, casi llega a confundirse con aquellas, a ser únicamente deshecho.  Es un cuerpo que se descompone en vida a la vista de todos, y ello se presenta para muchos, como una especie de peste de la que hay que alejarse.;  c) su estadía en la calle, si bien en un primer momento se presenta como coyuntural, como una transición, amenaza con convertirse en permanente, no sólo porque no es seguro que encuentren algún empleo y un sitio donde refugiarse, sino porque la misma posición de víctimas en la que se presentan, puede llevarlos a comportamientos que encuentren alguna complacencia en ese estado.

            El convertirse en indigente podría asociarse con un rasgo relacionado con un vaciamiento interno, con no poseer nada, no poder dar nada, no tener o retener algo;  con un cuerpo que no posee, que no excreta, que está vaciado, que no ha heredado nada, que no ha acumulado, que deambula vacío, agredido, mutilado.  No hay respuesta a la demanda del Otro, porque no tienen nada para dar.

1.  El N.N. vivo y muerto:  El N.N. se refiere al que no tiene un nombre propio que le posibilite una identidad, en el cual pueda reconocerse un primer destino dado por el padre, un deseo que pueda ser reconocido por el otro semejante y por el Otro como parte de su goce.  La falta de nombre propio se presenta como imposibilidad de reconocer la carencia de una tradición, de un linaje en el cual se inscribe, de un deseo con el cual pueda identificarse[xvi].  Al carecer de nombre, el sujeto desaparece y se convierte en parte de una masa donde no hay diferenciación, y donde esa masa misma, parece ser su propio sostén.   El nombre propio es una distinción, que en una comunidad cercana puede indicar origen y procedencia.  El nombre propio distingue y da una posibilidad de forma.  Es la presencia de la voz del padre que nomina.  Cuando ella no está, es la ausencia de esa voz la que se impone, y el sujeto no puede encontrar deseo alguno.
           
El N. N.  puebla de manera generalizada no sólo las calles, sino los morgues y los cementerios.  Sus fantasmas recorren nuestras ciudades pidiendo que se les llame por su nombre, que se les identifique.

A modo de cierre:  Cada uno de los personajes anteriormente señalados está definido por rasgos que se refieren a su goce, el cual se presenta, en muchos de ellos, de manera descarnada, sin velo alguno y se ofrece como rasgo que da pie para que la angustia aflore.  Ellos se refieren a la pérdida de algo, relacionada con el otro, con la manera de interactuar en y con  él.  El otro de la calle se ofrece como espejo de identificación, sin embargo al mirarlo, la imagen que ofrece no siempre es la que quisiera verse, sino que es una imagen cargada de aspectos que preferirían evitarse, pues se teme que ellos devuelvan un rasgo propio que no quiere verse.

Con lo dicho anteriormente considero que es posible abrir camino para escudriñar en la multitud y encontrar al sujeto en la búsqueda de orientar su deseo, de lidiar con su goce.  Ello ayudará a señalar las lógicas que allí se encuentran, las posibilidades e imposibilidades de acercamiento y diálogo.  Quizás encontremos allí los grandes personajes que fundan nuestras ciudades acompañados de Aurelianos Buendías y de gitanos que portan sus saberes como el viejo Melquisedec de Cien Años de Soledad[xvii] de Gabriel García Marquez, quien a la manera de gitano habita las calles y ofrece diferentes objetos que tienen poderes desconocidos; o de Genovevas Alcocer, que como lo cuenta Germán Espinosa, en La Tejedora de Coronas[xviii], va errante por el mundo presa de su deseo de saber, camuflada en medio de las multitudes para no ser vista; o de Ulises Lima personaje de Los detectives salvajes[xix] de Roberto Bolaño, que va inventando mundos con base en sueños poéticos para poder vivir en medio de esas grandes ciudades en las que no se le acoge ni es reconocido.  Tantos y muchos otros han sido seguidos por poetas y literatos quienes han indagado en sus vidas. Pero allí quedan los otros, los sin nombre, que parecen crear puntos huecos en el paisajes, vacíos que se agrandan y lo descomponen, solicitando ser nombrados para poder existir.

La ciudad se ofrece como una maraña de tramas urbanas, mientras lo imaginario, de manera visionaria, acompaña formas de actuar de sus habitantes a través de gestos, de movimientos, de maneras de vestirse, que a veces se desprenden de la tradición, y en otras la transgreden.  La ciudad en su acción cotidiana revela ese hacer del ser humano, su fragilidad y contingencia, sus búsquedas y logros, sus aspiraciones.  No es la gran composición sino la mirada a ese suceder lo que da pie para comprenderla en su posibilidad de dar cabida a un habitar que se sucede entre la acción y la representación, el movimiento y la memoria.

            La ciudad se inserta en la trama de la experiencia de la vida de quienes la habitan.  Su morfología habla de su conformación plástica en relación con la tierra donde se asienta, de su topografía y clima, de su paisaje.  También habla de los valores instituidos, del bien legitimado, que ofrece un campo simbólico para el hacer humano, que se manifiesta en un lenguaje, en unas jerarquías establecidas, que condicionan un hacer que se sucede en un tiempo histórico.  Su experiencia convoca memorias que se refieren a ese transcurrir, a costumbres particulares, a afectos que se recrean o se ocultan, que se repiten o modifican, a la vez que ponen de presente lo no sabido, lo irracional y lo innombrable.



[1].  Este escrito fue leído en la bienal de Arte y Arquitectura de Canarias, abril de 2008.  En la actualidad se encuentra en elaboración.



[i].  En escrito es producto de una investigación, sobre el tema “Ciudad, instituciones y sujeto”, realizada por la autora, de manera continua desde el año 2002.
[ii].  Este modo de detenerme en la imagen de la ciudad recoge el planteamiento de Aldo Rossi sobre la existencia de algunos hechos urbano que permanecen en el tiempo y le confieren estructura.  Ver Aldo Rossi, La arquitectura de la Ciudad, Ediciones Pili, Barcelona, 1983.
[iii].  Aristóteles, Política (Madrid:  Obras Completas, 1967).
[iv].  Ver Jaime Salcedo, Urbanismo Hispano-Americano, siglos VI,XVII y XVIII, CEJA, Bogotá, 1999.
[v].  Sobre este tema ver Beatriz García Moreno, Experiencia, imagen y arquitectura, el camino de Bergson, Instituto de Investigaciones Estéticas, Universidad Nacional, Bogotá, capítulo 3, sin publicar.
[vi].  Jacques Lacan, Seminario 10 La Angustia, Paidós, Buenos Aires 2005.
[vii].  Se hace referencia al texto de Walter Benjamín, Algunos temas en Baudelaire en Iluminaciones II, Taurus Ediciones S.A., Madrid, 1972.
[viii].  Jacques Prevert,, Palabras, Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1971 págs 43-44.
[ix].  Edgar Allan Poe, The Man of the Crowd, Running Publishers, Phladelphia, 1963, págs.  647- 654.
[x].  Walter Benjamín, op.cit.
[xi].  Charles Baudelaire, op.cit.
[xii].  Op.cit., pág. 35.
[xiii].  Op. cit, pág. 39.
[xiv]. Sigmund Freud,  The Uncanny,  Standard Edition, 17. págs. 339-376.
[xv].  Sigmund Freud, op. cit.
[xvi].  Jacques Lacan, (2005),  De los nombres del padre, Paidós, Buenos Aires, págs.  65-103.
[xvii].  Gabriel García Marquez, Cien años de soledad, Editorial La oveja negra, Bogotá, 1987. 
[xviii].  Germán Espinosa, La tejedora de Coronas, Montesinos, España, 1982.
[xix].  Rberto Bolaño, Los detectives salvajes, Editorial Anagrama, Barcelona, 2006.